La poesía es deriva

Poesía, traducción, ensayo y crítica literaria

Etiqueta: proceso creativo

ESBOZO DE UNA EXPERIENCIA (de traducción)

Reading Time: 2 minutes

Te imagino paseando por las calles de Lisboa, dando vueltas por O Chiado, calle abajo, dejando atrás a Camões y a Pessoa. No soy yo quien mira al escaparate de aquella librería en la que siempre entrábamos, quien compra el libro As Palavras Interditas, Até amanhã. No soy yo, fuiste tú, tú que no estabas aquí cuando yo imaginaba, aún sin saberlo, los versos del poeta:

 

Despierto sin el contorno de tu rosto en mi almohada,

sin tu pecho terso y claro como un día de viento y comienzo a

erguir la madrugada apenas con las dos manos que me dejaste,

vacilante en los gestos, porque mis ojos se fueron con los tuyos.

 

La poesía de Eugénio de Andrade llegó así para quedarse, anidando en mi vida, vida de traductor y vida de tu amante. Luego vendría el respirar sus palabras poco a poco, regresar a la vida de a diario cabalgando una mirada distinta, sus palabras como mías, recordando aquella pasión que fue la primera lectura, prolegómenos de esta traducción, este libro en la cocina de tu casa (metáfora de una revelación) mientras desfilaban en el televisor las atrocidades de las sombras nefastas de nuestros días, y yo, con la noche allá fuera, repitiendo en voz alta:

 

Cae, como antaño, de las estrellas

un frío que se extiende por la ciudad.

No es de noche, ni de día, es el tiempo ardiente

de la memoria de las cosas sin edad.


 

Y ahora que ya estamos aquí, que hemos vuelto, una vez más, a caminar juntos esta arena y sus orillas, sigo en el aire el rastro de tu lengua, esa lengua que es boca para estos versos; y me enredo con los extraños sueños que da la luz, arrastrando entre las sábanas mis dedos, adelantando las manecillas del reloj mientras te espero, encogiéndome fetal y ebrio, alzando con mi brazo esta copa con el deseo de que no pase el temblor. Y que vuelvas pronto, Amor mío, amor de una breve madrugada de banderas. Porque aún recuerdo tu regreso con este libro, proponiendo con tus labios nuevas preguntas e incertezas:

 

Qué puedo yo hacer sino escuchar el corazón inseguro

de los pájaros, apoyar la cara en el rostro lunar de los borrachos y

preguntar qué fue lo que pasó.

 

Nada más abrir la puerta sonreías con relatando sin pausa tus historias lisboetas, ese equipaje que tanto haces levitar como una madre de nubes y futuro, alimentando los erráticos deseos de mi memoria… Amor, he susurrado pecho adentro estas palabras, estos versos, siempre antes de medianoche para invocarte, siempre, cuando me dejabas con tu ausencias de ocho horas y cuarenta y cinco minutos, porque:

 

Un pájaro y un navío son la misma cosa

cuando te busco con el rostro clavado a la luz.

Y sé que hay diferencias,

pero no cuando se ama,

no cuando apretamos contra el pecho

una flor ávida de rocío.

 

Es así que también las palabras cobran vida, dando vueltas y revueltas en nuestras cabezas mientras llega un domingo más irrumpiendo en la puerta. Pero siempre en medio de palabras, de palabras prohibidas, palabras que solamente nosotros conocemos. Hasta mañana.

Sobre la crítica literaria, reflexiones.

Reading Time: 1 minute

[…] Todo libro debería leerse hasta tres veces antes de escribir una crítica literaria. La crítica es un proceso creativo que se alimenta de las experiencias de lectura, de sus ecos y matices, de las sombras que proyecta sobre nuestro cuerpo. Así, tercera lectura las ideas puede abrazar una oportunidad más sólida de corporeizarse, de conformar el organismo de su propia corriente. Este discurso bien hallado es dibujado con cada página, empapándose de nuestras notas, esquivando la tentación de los dogmas y las otras piedras del camino. Y así avanza el texto de la crítica, con la generosa alimentación de esas varias lecturas que alumbran el propio horizonte.

Infinito

Proceso de creación de un poema

Reading Time: 5 minutes

Salgo de mi casa. Me dirijo a la parada de guaguas. Tengo el tiempo algo justo para llegar y coincidir con el transporte urbano justo a tiempo. Voy con algo de prisa porque no me puedo fiar de ninguno de los relojes. El reloj de muñeca siempre retrasa cinco minutos, pero la hora que muestra el teléfono móvil me hace dudar. En esta ocasión, no camino por en medio de la carretera todo el trayecto hasta el paso de peatones, sino que me subo a la acera a mitad de camino. Saludo a un vecino, que solo conozco de vista, y paso, a velocidad constante y acelerada, junto a varios parterres con árboles, pequeñas piedras, alguna que otra planta en miniatura y diversos excrementos de perro. Y encuentro una tórtola muerta…

Una tórtola muerta en la calle,
estirada en una esquina de un parterre

Sin embargo mi paso sigue, no se para, sé que quiero llegar lo antes posible a la parada y, esta vez, no voy a dejarme llevar por la impresión de la tórtola muerta. Mi mente, sin embargo, se ha quedado junto a ella. Su mirada se perdía muerta a la altura de mi pies, bajo la línea de los tobillos, destacando su gris blanquecino y polvoriento sobre el marrón negruzco de la tierra húmeda. La miré menos de una milésima de segundo y su imagen viajó a la velocidad de la luz hasta mis ojos. Allí, cada glóbulo ocular invirtió la imagen y la traslado a través del nervio óptico hasta los dos hemisferios cerebrales. El cerebro, entonces, de una manera inconscientemente instantánea, certificó la muerte del animal y ordenó levantar levantar el cadáver. No hay nada que hacer. Ha muerto.

Sobre su pecho,
una esmeralda verde de un millón de ojos
ausculta el corazón del ave:
ya murió. Y no late…

Y seguí andando. En mi cabeza había quedado atrapada la imagen de la tórtola muerta sobre la tierra. La semilla del poema, su idea primera…

 

…Una tórtola muerta, en la esquina de un pequeño parterre, una mosca verde con sus miles de lentes oculares, saboreando con su boca el cuerpo del ave. La muerte en cuerpo y figura en ese pedazo de naturaleza manipulada que es un parterre; el Tiempo dejaba su huella, la causalidad. La paloma muerta atraería, más tarde, a otros insectos, como las hormigas y cucarachas, estimularía el olfato de gatos y perros callejeros, y, quizás, algún ave rapaz divisaría el cuerpo quieto desde las alturas y picaría el aire hasta él. A medida que seguí caminando, sin haber llegado aún a mi destino, viajé hacia el futuro para crear el poema. En el futuro, la paloma sería devorada por la putrefacción, la tierra aceptaría su cuerpo como lenta ofrenda y, con ella, alimentaría a sus vástagos, a las raíces, a los pequeños insectos subterráneos, a las bacterias fotofóbicas…

La tierra reclama el cuerpo
para sus hijos,
las raíces plañideras
curvan el torso
y ofrecen sus lágrimas

Pero mi cerebro no fue el único en firmar certificados de defunción. Los sanitarios de urgencias locales alertaron a los  médicos de guardia y hasta allí se acercó, antes que yo, un forense. Afamado galeno de la muerte, de la reconocida familia Calliphridae, aquella mosca verde botella pisaba el pecho muerto del ave, bajaba la boca y chupaba, meticulosamente. Tal era su entrega al acto consumidor que solo me miró de reojo cuando pasé a su lado. Y aunque deseé que se marchara de un salto, perturbada por mi mirada de reproche inocente, colaboró en el poema, que seguía su propio desarrollo:
La mosca verde recoge sus útiles de medicina
y hace una reverencia:
ya llegan las hormigas
haciendo antorchas de las colillas en triste procesión

Ya llegaba a la parada de guaguas cuando escuché a lo lejos una melodía judía de violines y violonchelos dulces y oscuros. Al final de la calle, imaginé una procesión de hormigas portando antorchas, poniendo en cada paso un ritmo moribundo de zombis que solo piensan en sí mismos, al ritmo, quizás, de Beirut y March of Zapotec.

El poema, ¿final?

Una tórtola muerta en la calle,
estirada en una esquina de un parterre.
Sobre su pecho,
una esmeralda verde de un millón de ojos
ausculta el corazón del ave:
ya murió. Y no late…
La tierra reclama el cuerpo
para sus hijos,
las raíces plañideras
curvan el torso
y ofrecen sus lágrimas.
La mosca verde recoge sus útiles de medicina
y hace una reverencia:
ya llegan las hormigas
haciendo antorchas de las colillas en triste procesión.

El poema final nunca llega. Muta una y otra vez, engaña con sus amagos. Cuando se despide y te da la tarea por hecha, es cuando más debes desconfiar. A poco que le des la espalda comienza a alimentarse del todo y de la nada, y crece, a otro ritmo, y en silencio; también en nuestro ser. No obstante, siempre aceptamos durante cierto tiempo que tal o cual versión es la final. Entre los versos que anoté en el bloc de notas y que fue posteriormente publicado hay diferencias que nacieron justo en el momento de la transcripción; incluso hoy, ya en 2013, el poema ha cambiado, leve pero efectivamente. Cuando vuelvo sobre los versos escritos a mano, los retengo una vez más en la memoria a corto plazo y, al mismo tiempo que los visualizo, la industria de la imaginación me aviso: los reconozco, sí; todavía, aún no ha pasado mucho tiempo… Y casi amenaza con otra versión… Y así sucede que podría afirmar que, en casi todos los poemas, este es el principal o el más claro de los procesos creativos, este vaivén de barca anclada en el mar, a la idea-gérmen del poema. La cadena que se hunde en el mar con el ancla como punta afilada, la historia de la tórtola muerte, es lo que no ha cambiado:

…una tórtola muerte; un doctor que certifica su muerte con millones de ojos; el Tiempo que vendrá y ofrecerá el ave a la tierra, como alimento para sus hijos; la hormigas que hacen antorchas mortuorias de las colillas del suelo…

La historia no cambia. Las imágenes permanecen casi sin modificación. Algunos versos han cambiado. De alguna manera ha tenido lugar un proceso de destrucción y creación, de reciclaje incluso, del poema. Las imágenes se pliegan a la historia, la historia de perfila, las imágenes discuten su intensidad, su conveniencia y veracidad dentro de la tira de fotogramas. El fondo de mi mente bulle, respira, hincha su pecho y se hace con las ideas que aportan las imágenes para cuestionar cómo de profundo han llegado en mi ser. Es cierto que seguí caminando, que no me dejé bucear en el acontecimiento de la muerte de la tórtola, que no navegué su muerte, su mirada, su última rama. No me detuve a contemplarla. Pero, de alguna manera, sí lo hice. Nunca dejé de estar junto al cadáver y nunca abandoné su cuerpo. Caminó conmigo, subió junto a mi la calle Fray Luis de León hasta bajar por el pasaje Samaritano y llegar a la calle principal de Tamaraceite. La contemplación tuvo lugar aunque seguramente no con la profundidad oportuna. No obstante, las marcas que dejó la tórtola persistieron, y el poema, tanto en su versión primera como en la publicada, contribuyen a que las imágenes permanezcan ahí, a mano; al igual que la historia.
Un poema debe producir extrañeza, debe plasmar su decir, su historia, su imagen, su reflexión mental; sumergir su mano e intentar alcanzar el fondo abisal de nuestro ser y del lector. La impresión siempre varía. La profundidad y las reacciones o sensaciones nunca son las mismas; pero son todas estas y más variables las que, al final, dan un raro cómputo o resultado final que es, al mismo tiempo, siempre variable…
…Y, efectivamente, el poema ha cambiado de nuevo:
Una tórtola muerta en la calle
estirada en una esquina de un parterre.
Sobre su pecho,
una forense de bata verde y un millón de ojos
ausculta el corazón del ave:
ya murió. Y no late…
La tierra reclama el cuerpo
para sus hijos,
las raíces plañideras
curvan el torso
y ofrecen sus lágrimas.
El doctor recoge sus útiles de medicina
y hace una reverencia:
ya llegan las hormigas,
iluminan el paso con colillas para la triste procesión.

 

Obviamente no es el final

Imprecisiones sobre el tiempo y un poema

Reading Time: 4 minutes

Sobre el tiempo

No podía dormir. Me había desvelado con pensamientos de aquí y de más allá, pensamientos que, en principio, debían adormecerme, distraerme de tal o cual nerviosismo como una nana para neuronas inquietas, cansadas, muy a su pesar. Pero esta vez no funcionó, así que decidí ir a la cocina y calentarme algo de leche con miel. Cuando me había sentado en el salón, en completo silencio, encendí la tele para intentar distraer mi cabeza. No recuerdo el canal pero sí que pasaban una comedia romántica. Entonces me vino a la cabeza la imagen de una mosca clavada a la pared, o a un corcho mediante una chincheta. ¿De dónde salí tal imagen? No lo sé. ¿Acaso pensaba en moscas o en chinchetas cuando estaba aún en la cama? No me acuerdo. Pero, ahora, poco importa. Esa imagen fue la piedra que penetró la superficie del agua dando a luz una serie de interminables ondas y casi impredecibles asociaciones. La creación de un poema tiene mucho de caótico, al menos en apariencia, pues puede llegara a verse como esa superficie del agua que, de repente, agitada por no sabe qué, pasa de la calma al temblor. Y puede repetirse así para toda creación artística. Aunque seamos capaces de coger en nuestras manos el objeto final que es el libro de poemas o novela, el disco, el cuadro o la escultura ya hecha y “terminada”, estamos en realidad ante un acontecimiento más amplio cuyo “efecto” más visible es, precisamente, el objeto que hemos podido leer, ver o comprar. No en vano, es frecuente escuchar que la obra de arte, el poema en este caso, nunca está terminada; que, al contrario, solo descansa para seguir creciendo, mutando, evolucionando, cambiando, incluso tanto como para ser, algún día, descartado…

… La mosca que había asaltado mi cabeza tuvo mejor suerte pues, a poco hubo aparecido detrás de mis ojos —con la leche ya enfriándose— comenzó a tejer el siguiente poema:

Yo la vi.

Plácidamente quieta

dormida sobre su colchón blanco,

con las sábanas fuera de la cama

en una habitación compartida.

Allí estaba

y nunca más supe de ella.

Aquella mosca de la fruta,

ensartada en la pared con una chincheta.

Tras escribirlo en un papel cualquiera me pregunté si ese texto con formato de poema era, verdaderamente, un poema; me pregunté qué quería decir, qué querrían decir las palabras así dispuestas, la “historia” o la “experiencia” que alumbraban aquellas imágenes escritas, atadas al papel… ¿Qué es un poema? ¿Qué es Poesía? … Afortunadamente, aún hoy es un pregunta que me asalta cada cierto tiempo…

Terminé el vaso de leche. Avanzó un poco maś la película, la comedia romántica, y la mosca clavada en la pared se hizo acompañar, ahora, de un niño que las coleccionaba. Algo macabro, ¿no? Inmediatamente la mosca clavada, el filo de la chincheta parecían mostrar lo que eran: una metáfora del aquí y el ahora, de un segundo congelado, un recuerdo, una historia.

Cuando bajé a mi cuarto aquellas ideas comenzaron a mezclarse sin que me diera cuenta; pero lo hacían, y no tardé mucho en alumbrar otro texto-imagen-poema. La imagen ahora era la de unos niños que sostenían, con sus manos, un reloj, de los de tic tac, y lo acercaban a sus orejas para intentar la captura del minuto o de la hora. De repente, el niño se puso más erguido y ante la mirada impaciente de otro niño sacudió levemente el reloj. Lo hizo una vez. Y otra. Y así hasta cuatro y cinco veces al tiempo que ahuecaba su mano, debajo del reloj, procurando atrapar uno de aquellos segundos en el instante en que cayera al suelo.

Esta nueva imagen me encantó y descubría un poco más “el tiempo”… era invierno y otoño a la vez. Ahora había, también, una niña con un jersey de rayas de colores, una franja azul, otra blanca, verde brillante y otra amarilla, y naranja y violenta. La niña tiene el pelo castaño claro y lleva medias de colores distintos. El niño de antes viste unos pantalones con varios bolsillos, de color marrón, también, y una chaqueta roja. Creo que tiene el pelo corto aunque se ha puesto la capucha para darle más emoción a la captura de los segundos. Ahora el poema había mutado por completo, ya era parte de una historia, de un poema completamente nuevo pero, igualmente, metáfora del tiempo:

Atrapaban segundos sobre los cristales,

entre las migas del pan después de almorzar,

en el azúcar de la fruta que mordían.

No puedo decir en qué momento se giró la puerta y, de una mosca, salieron dos niños, pero sé que ambos poemas hablaban o “decían” sobre el tiempo. Las moscas capturan el tiempo, lo siguen como perros sabuesos sobre la mesa, entre las migas de pan, entre las gotas de agua, zumo o vino, bajo el vaho que dejan los platos calientes de comida, y también en la carne dulce de las frutas, ahí donde salta de repente una cascada de agua tras nuestra mordida…

… Y los niños… los niños metáfora del tiempo vivo, presente, mutante, tiempo que no es el mismo de un día para otro; tiempo muerto, también, porque siempre nos recordamos siendo niños que ya fuimos…

El futuro es el único que no aparece en esos poemas… Quizás porque no existe…

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