La poesía es deriva

Creación, ensayo y crítica

Puerta

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Hay una puerta en mi pecho,

y siempre está abierta para ti;

al menos, eso creo…

por eso aguardas, creo,

a pesar de este nuevo hábito

de esperarte, de la velocidad de los días

y de estos gritos que vemos alejarse

atravesando las paredes a las 5:45 de la mañana.

El agua nos redime, en la ducha o bajo la lluvia

en los inviernos que nos quedan;

sobre todo, en nuestro sudor… Y el mar…

El mar, que nos contempla esperando un beso,

o que hagamos unos hijos mirándole de frente.

Los muebles

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Y todos esos muebles que deciden irse,

quemándose ellos mismos

sobre un montón de olvido.

Calima de hoy

que saluda una mañana más

-y tú dando los buenos días-

una tarde más

-y te levantas y comes; recoges la casa-

un día mas,

que solamente esperará

hasta que anochezca.

 

***

 

galletas y orujo

un plato de colores

sueño y recuerdos

frente al televisor

 

nadie vendrá porque

ya acá estamos,

durmiendo esos muebles

que alientan nuestras cabezas.

 

***

 

las horas

las sábanas caídas

esta mañana cerrada.

la tierna calima se ha ido

-mamá.

Y casi no sé ya

qué hacer.

 

Refugio

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El eco de la distancia contra la roca,

y no contemplas, atada al mástil,

el mar bajo tu nave.

El horizonte engulle un cuerpo de cemento,

abandonado mientras enjaulas tu aliento

en una boca azul y extranjera…

 

Murmuras, todavía, que hay refugio

en tus sueños para los dos


O eco da distância contra a roca,

e não estás a contemplar, atada ao mastro,

o mar debaixo da tua nave.

O horizonte engole um corpo de cimento,

abandonado, enquanto enjaulas o teu hálito

numa boca azul e estrangeira……

Ainda murmuras que há refúgio

para nós, nos teus sonhos.

“Calima· y “Rompeolas”, como primeros poemas (o casi)

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Calima

Suspiro africano

 

Este aire luminoso

ramal de luz

 

cadencia de arena oceánica

que seca eléctrica las bocas y gargantas

Melodía del sueño

 

modorra insistente de la demencia

el abandono en sábanas anticiclónicas

de los cuerpos atrapados

en la saciedad líquida de la sombra.

 

 

El Rompeolas

Permaneces

 

casi inmóvil

 

al vaivén de la música

 

la melodía salina

el iris marino de la azul espuma

 

¿Cuántas lágrimas guardas?

¿Cuánto deseo entrega tu piel?

 

Permaneces

 

casi inmóvil

 

al soplo divino de la luna

Y cantas, imperceptible, casi un susurro,

una nana forjada en tus manos.

Sueño en las trincheras

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Todo es blanco y silencio. Es invierno. Segunda Guerra Mundial. Lo mismo da si ruso o nazi… Desde un nido de ametralladoras espero ansioso bajo el sudor violento de mi cuerpo a que llegue la embestida de los soldados enemigos. Como invisibles tras una niebla traicionera saltan frente a mis ojos, através de una carretera estrecha. “Va a ser una carnicería”, pienso… Y así es. No dudo en apretar el gatillo de la inmensa ametralladora rotatoria que dirijo con los dos brazos mientras un compañero invisible sostiene, casi moribundo, la munición que me alimenta… Uno a uno el enemigo cae. Los mató a cada paso que dan. Los acribillo a cada grito que profieren, uno a uno, todos caen sobre sus crecientes cuerpos negros… Será primavera en Stalingrado, pero no aquí. Aquí todo es de un blanco caústico, blanco como la muerte que se escapa a carcajadas por entre las bocas de los muertos, más allá de las tripas derramadas y los agujeros de mis balas. Sí, la muerta es blanca cuando frente a mí no hay más que un montón de cuerpos oscuros y sanguinolentos, apilados como sacos de cemento… Hablo con mi compañero o quizás es él quien me habla, quizás me advierte acerca de un peligro a mi izquierda… Y, ciertamente, lo hay…

Giro la cabeza y el paisaje blanquinegro del bosque se evapora, desnudando la tierra sobre una enorme pista de hielo atrevasada por icebergs que rompen, en silencio, la superficie y muestran sus cabezas también muertas; ajenas como el hielo a todo y a todos los que aquí aparecemos…

Cuidado con los lobos… Te devorarán en cuanto te capturen, farfulla mi compañero.

¿Qué lobos?, pregunto.

Los guardas! ¡Míralos!… No hay escapatoria… no a menos que te suicides, a menos que te cubras de sangre da igual… da igual de donde sea, si tuya o de otros o de tripas, de carne muerta… a menos que te vuelvas loco y salvaje como ellos, morirás… ¡Morirás! ¡Lo entiendes!… Les gusta perseguir a los prisioneros, jugar con ellos mientras gritan por su vida… Les gusta deleitarse con su dolor y su agonía, ¡entiendes!… Por eso no comen carne muerta. Desprecian el olor a tripa muerta, a sangre seca o babeada por otro…Vuélvete lobo como ellos, vuélvete loco, ¡escúchame!, un animal más salvaje… mutílate…¡Haz lo que sea para sobrevivir!

 

Miro a mi alrededor y observo a los lobos, enormes y de un pelaje denso como el piche que inunda las playas. Corren de un lado para el otro bajo un cielo espeso, ciego y huero como la muerte. Frente a mí, en medio de este campo de prisioneros un hombre corre y se encarama en el saliente de un iceberg y un guarda lo persigue, y salta sobre el montículo de hielo y aúlla desquiciado por la sangre, por el hambre y ese sórdido placer de saberse próximo de un suculento banquete… El hombre, en el vértice más delgado del colmillo helado se agacha y alza la mirada. Está todo cubierto de sangre, de sangre cuajada, casi asfixiada, casa parece el enorme cuerpo de uno de los soldados acribillados antes a balazos en la trinchera…

Cierra los ojos y me mira y sonríe; sus dientes brillan blancos, refulgentes como rayos de una perfecta demencia. Cuando abre los ojos parece gritar las palabras de mi compañero:

Cuidado con ellos… No hay escapatoria a menos que te suicides, a menos que te cubras de sangre y de tripas, de carne muerta… A menos que te vuelvas uno de ellos…Vuélvete como ellos, ¡vuélvete loco, un animal más salvaje y mutílate!…

El lobo se acerca mientras tanto y olisquea la presa viva. Su saliva corre en abundancia, obscena; busca sangre, busca vida que arrancar con sus dientes… Pero se marcha. Abandona el lugar cuando ya he abierto los ojos. No está y despierto en medio de una carcajada nerviosa y unas lágrimas suicidades sobre la almohada. El lobo no está y tú tampoco…

Libros, elefantes y osos hormigueros

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Dos días y la misma simpática pesadilla. Entro en una librería, una amplia y luminosa y otra pequeña, más bazar que otra cosa pero increíblemente surtida con ensayo y poesía. Leo los títulos, los acojo en el nido que forman mis brazos; no son más de seis en el primer sueño y en el segundo ni los llego a contar. El deseo rampa campante como un caprichoso rex en plena pampa argentina, salivando ante la visión del ganado, frotándose sus garritas contra las flores de los árboles: el ganado de la pampa no es un ganado vulgar… Cuando llega la dependienta le digo que sí, que me los llevo todos, que ahora paso por la caja pero al cabo de unos minutos decido que no, que no compraré ningún libro… No se puede… En el otro sueño ocurre algo similar aunque más doloroso aún. Ante mis ojos poesía japonesa del siglo veinte, poetas contemporáreos míos que quiero leer, poesía persa, libros cartoneros, libros para niños ilustrado con un gusto y una delicadeza exquisitos… Tampoco los compro. No se puede… Cuando despierto, al tercer día antes de un tercer sueño, no me resisto y me acerco a la librería y compro dos libros, Cartas y Ensayos Selectos, de Raymond Chandler, uno de ellos, y un estudio etnográfico sobre la lucha del garrote y el juego del palo… Ahora respiro y vivo mejor y poco a poco voy conociendo al abuelo Ray y leo sus cartas, mi cerebro se apropia de uno de los títulos sarcásticos de Ray con los que siebra una de sus epístolas: Todo lo que se necesitan son elefantes

Y es verdad, piénsalo. El helicóptero de Rajoy tuvo miedo de los elefantes, Rajoy también y compró pantallas de plasma, Cospedal tuvo miedo de los elefantes y compró un paquete de sobres, temer a los elefantes hace que la gente mienta y mentir es cosa de mentirosos. Soria tiene miedo a los elefantes pero se consuela con trabajar en Repsol, se consuela así en sus más húmedos sueños…Todo lo que se necesita son elefantes por eso hay premios literarios que los temen y premian a loa mediocres. Todo lo que necesitas son elefantes, Aníbal lo supo antes que el tío Raymond… Yo prefiero los osos hormigueros.

Libros en sueño

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Dos días y la misma simpática pesadilla. Entro en una librería, una amplia y luminosa en un primer sueño, y otra pequeña, más bazar que otra cosa, pero increíblemente surtida con ensayo y poesía en el segundo. En cada sueño leo los títulos, los acojo en el nido que forman mis brazos; no son más de seis en un sueño y en el otro no los llego a contar, ni siquiera los cojo… En cada librería el deseo rampa campante como un caprichoso rex en plena pampa argentina, salivando ante la visión del ganado, frotándose sus garritas contra las margaritas: el ganado de la pampa no es un ganado vulgar… Cuando llega la dependienta le digo que sí, que me los llevo todos, que ahora paso por la caja pero al cabo de unos minutos decido que no, que no compraré ningún libro… No se puede… En el otro sueño ocurre algo similar pero más doloroso aún pues ante mis ojos todo es poesía japonesa del siglo veinte, poetas contemporáreos míos que quiero leer, poesía persa…

Cuando despierto, al tercer día antes de un tercer sueño, no me resisto y compro dos libros, Cartas y Ensayos Selectos, de Raymond Chandler, uno de ellos… Ahora respiro y vivo mejor y poco a poco voy conociendo al abuelo Ray y leo sus cartas. Mi cerebro se apropia una imagen para sí del viejo, me cae bien el abuelo, y me apropio de una de sus ácidas propuestas para título de un libro: Todo lo que se necesitan son elefantes…

Pero es verdad, piénsalo. El helicóptero de Rajoy tuvo miedo de los elefantes, Rajoy también y compró pantallas de plasma, Cospedal tuvo miedo de los elefantes y compró un paquete de sobres. Temer a los elefantes hace que la gente mienta aunque mentir solo mienten los mentirosos… Soria tiene miedo a los elefantes pero se consuela soñando con trabajar en Repsol “algún día pronto”…

Todo lo que se necesita son elefantes por eso hay premios literarios que los temen y premian la mediocridad… Todo lo que necesitas son elefantes, amada mía. Aníbal lo supo antes que el tío Ray. Yo, al contrario, prefiero los osos hormigueros.

Para leer más sobre Raymond Chandler, aquí un interesante artículo en El País.