Escucha el sonido de las llaves y la puerta. Caín sale de la cocina. Una sonrisa de dientes se refleja en sus manos avermelladas. Apresura los pies mientras hacia su cara apunta la palma de las manos, relame fruta de sus labios; nada quiere manchar, no quiere perder detalle de la obra… En el recibidor entran y se besan a oscuras, Abel y Helena, tropiezan en la pared y la cómoda, sin mirar han cerrado la puerta, se apoyan fuertemente sobre ella… Ceguera absoluta… Caín abre los ojos al cabo de no sabe cuánto, y Jarrones, cuadros, llaves, un bolso y dos cuerpos, todo despedazado y por el suelo. Afuera en la calle, el afilador lanza su llamada, «Cuchillooooos, tijeeeeeeras, cuchillooooos, tijeeeeeras…». Caín a duras penas balbucea lo que busca, «plástico… bolsas… bolsas de plástico… basura…», mientras intenta levantarse…
Al cabo de unas horas, en la sala todo sigue regado por el suelo, la mermelada de arándanos quedará para siempre sobre las alfombra y las ropas. Solo los cuerpos han desaparecido. Caín deja sobre la cama los cuerpos, extiende sacude sobre ellos la sábanas y la dejar caer. Lentamente, el recuerdo de su mujer y de Abel pintan un enigna sobre el blanco. Caín cierra la puerta y no mira hacia atrás. Con una botella de vino devora la tarta de queso.

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