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Me revuelco con varias historias y parece que voy ciego. Veo ballenas que son islas e islas que hace años mataban ballenas y tallaban sus dientes. Pienso en amarillo, esa lluvia leve, lluvia carente, pienso en una tribu toda alzando la voz alrededor del fuego. Es la catarsis de unas manos, de un lamento tan antiguo como inútil. Buscan al mago, al chamán, al héroe, al jefe, buscan a otro que no sean ellos mismos. Y así caminan, ellos avanzan, y los pies tan cerca a veces del suelo que comienzan a arde poco a poco… Es casi un silencioso suicidio de la voluntad colectiva, un ritual de esclavizada purificación a través del fuego de la rabia, la tristeza, la furia, la impotencia. Nuestros antepasados se revuelven en el pantano más oscuro de la carne que decide permanecer inane, que murmura, y nada más, bajo las sábanas de sus propios espejismos: “Habrá que limitarse a arder”.

Una y otra vez la Historia y dos mil años de Historia para esto… Aunque rueden y rueden los libros empeñados en ensartarnos sobre cada hoja para darnos otra vida y sacarnos a la calle, la tribu nos niega y aparta. Todo cheira a pupilas inmóviles y quemadas.